El mundo continúa sin mí: Brahman y las tres fuerzas primordiales
- Sebastián Cerón

- 24 jul 2025
- 2 Min. de lectura
Acabo de despertar de una hermosa siesta y lo primero que fui consciente al abrir los ojos es que el mundo ha seguido su curso sin mi gestión. Ni la más sencilla de las acciones dejó de expresarse mientras dormía plácidamente como un bebé.
Del mismo modo, ahora que estoy despierto y de vuelta en el sueño de Brahman, todo continúa su curso natural. Al contemplar esta diáfana verdad, mientras sigo desperezándome, me doy cuenta de lo eternamente dichoso que soy. Los tres guardianes del universo —sattva, rajas y tamas— han seguido tejiendo el mundo sin que tenga que ocuparme de nada. ¡Qué alivio tan profundo!
Esta revelación se extiende como ondas en el agua de mi consciencia: el movimiento expansivo del universo continúa incesante, sin prisa ni pausa. Y yo sigo aquí, despertándome tranquila y amorosamente, permitiéndome escribir estas líneas como constatación del amor infinito que me abraza y acoge momento a momento. A continuación te explico qué es Brahman y las tres fuerzas primordiales.

Brahman y las tres fuerzas primordiales
En la tradición védica, existe una comprensión hermosa de cómo funciona la realidad que nos rodea. Habla de Brahman —esa consciencia infinita y amorosa que algunos llaman Dios, otros llaman Universo, y que en esencia somos nosotros mismos en nuestro estado más puro. Dentro de esta danza cósmica, tres fuerzas primordiales, llamadas gunas, tejen constantemente la experiencia: sattva (principio de la lucidez), rajas (principio del dinamismo) y tamas (principio de la inercia y el reposo).
Estas fuerzas no necesitan de nuestra gestión personal para operar. Mientras dormimos, mientras respiramos sin pensarlo, mientras nuestro corazón late sin nuestra supervisión, estas energías siguen creando, manteniendo y transformando todo lo que existe.

Abrir los ojos me devuelve a casa
He soltado el bolígrafo por un instante. La vaca ha mugido a lo lejos y yo permanezco tendido boca abajo, sumido en un deleite de claridad silente. Un despertar físico que se convierte en despertar espiritual, donde la simplicidad de abrir los ojos me devuelve a casa: al asombro de ser, de existir, de formar parte de algo infinitamente más grande y amoroso que nuestras preocupaciones cotidianas.
Soy testigo de la sinfonía de la vida que, desde mi apreciación contemplativa, nunca ha tenido principio ni fin.
Simplemente es, eternamente.
Sebas.
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